Por Martín Vera*
Cuando uno es padre de un hijo con discapacidad, la educación deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una experiencia diaria, concreta, a veces luminosa y otras profundamente desafiante. Cada reforma, cada decreto, cada resolución, cada normativa, cada palabra escrita desde un despacho tiene repercusión directa en nuestras vidas: en la vida de nuestros hijos. Les confieso que hace bastante tiempo venía soñando y anhelando un cambio en materia educativa. Si ese cambio es una “reforma educativa”, pues bienvenido sea. Quienes creemos y sostenemos que estamos frente a un nuevo paradigma que nos convoca e invita a ser parte de un cambio cultural en donde las banderas de la verdad, la igualdad y el trabajo se levanten y flameen “ sobre el mundo libre”, no podemos pasar por alto el rol de la educación y el de la escuela en la formación de ciudadanos libres. Esa educación y esa escuela con la cual son aron los padres fundadores de nuestra patria, con esos mismos ideales: libertad, igualdad y fraternidad. Por eso leí este proyecto con dos miradas: la del docente que analiza críticamente y la del padre que siente en el cuerpo lo que está en juego.
Desde mí opinión, el proyecto se presenta como una reivindicación de la “libertad educativa”, la autonomía institucional y el protagonismo de las familias. Como educador, valoro que se apueste a la pluralidad pedagógica y a la diversidad de proyectos. Como cofundador de Educadores por la Inclusión y de una organización de familias de niños con TEA, valoro que se reconozca la centralidad de la familia en la educación. Pero también sé —porque lo vivo en carne propia— que la libertad sin equidad puede transformarse rápidamente en segregación.
La libertad no puede dejar afuera a nadie
El texto ubica a las familias como agentes primarios de la educación. Y aunque celebro esa idea, no puedo evitar preguntarme: ¿qué pasa con las familias que no tienen recursos, tiempo, capital cultural o redes de apoyo? ¿Qué pasa con las familias de chicos con TEA, que ya de por sí sostienen batallas cotidianas para acceder a terapias, diagnósticos y apoyos? La libertad educativa es valiosa, pero no debe convertirse en un privilegio para quienes pueden elegir, mientras los demás —como suele ocurrir— quedan a merced de lo poco que el sistema pueda ofrecer.
Contenidos mínimos: estabilidad o rigidez
El documento propone que los contenidos mínimos tengan una vigencia de seis años. Entiendo el objetivo: dar previsibilidad y continuidad. Pero desde la experiencia en inclusión, esa estabilidad puede convertirse en rigidez.
En el aula donde trabajo, y en las escuelas que conocí como militante de la inclusión, sé que las necesidades de un estudiante con discapacidad pueden variar, ellos requieren de otros tiempos.
Los contenidos comunes deben existir; la educación necesita un marco. Pero también debe haber margen para adaptar, flexibilizar y crear, porque la diversidad no es estática: es viva.
Modalidades alternativas: oportunidad y riesgo
El proyecto reconoce modalidades como la educación en el hogar, la modalidad híbrida y la enseñanza a distancia. Como docente, celebro que el sistema reconozca nuevas formas de aprender. Y como padre de un niño con TEA, sé que estas modalidades pueden convertirse en una ayuda real para quienes en ciertos momentos necesitan entornos de menor demanda sensorial o mayor flexibilidad.
Le «educación en casa», especialmente para los estudiantes con discapacidad, podría ser una excelente opción pensando en esos chicos que no encuentran su lugar en la educación convencional. También veo sumamente positiva la idea de dar autonomía a cada escuela respecto a decisiones que tengan que ver con la vida institucional, problemáticas propias, proyectos, etc.
Durante la cuarentena, cuando las clases eran virtuales, la experiencia con nuestro hijo fue muy positiva. Con mi esposa siempre decimos que fue el período en el que vimos más aprendizajes en Donato. Aprendió a estar sentado, estuvo más organizado, las distracciones disminuyeron porque estaba solo (con mí esposa apuntalándolo) y el trabajo «uno a uno» le permitió avanzar mucho. Las verdad es que los logros fueron muchos y de calidad, comparándolos con el período en el que asistió a clases de manera presencial. Muchos colegas sostienen que es imposible que el proceso de enseñanza aprendizaje se dé en los hogares, pero a partir de nuestra experiencia creemos que sí.
Sin embargo, esa fue nuestra vivencia; sabemos de familias con niños que tienen el mismo diagnóstico que no tuvieron una experiencia tan positiva. Sabemos también que sin recursos y acompañamiento adecuado, estas modalidades pueden terminar en una exclusión solapada: chicos que, ante la falta de apoyos en la escuela común, terminan educándose solos, desconectados de la comunidad educativa. Justamente cuando muchos de ellos requieren de la “socialización” para lograr avanzar. La educación en el hogar no puede ser una salida para quienes fueron expulsados silenciosamente del sistema.
El rol del Estado: presencia o abandono
La reforma coloca al Estado en un rol de “garante subsidiario”. Pero quienes vivimos la inclusión sabemos que cuando el Estado se retira un paso, las familias retrocedemos diez. No podemos construir inclusión basada únicamente en la buena voluntad de las instituciones. Hace falta presupuesto, supervisión, apoyo técnico, formación docente sostenida y políticas activas.
En mi experiencia como docente y militante, la inclusión real —la que cambia vidas— ocurre cuando el Estado se compromete, no cuando se limita a observar.
Financiamiento y desigualdad
El financiamiento mixto puede ser una herramienta poderosa, pero también un generador de desigualdad si no existe una distribución transparente y con prioridad en los sectores más vulnerados.
Las escuelas que trabajan con estudiantes con discapacidad suelen necesitar más recursos: equipos, formación, acompañantes, accesibilidad. Si el financiamiento no contempla estas desigualdades estructurales, se corre el riesgo de profundizar la brecha entre instituciones exclusivas y escuelas que hacen inclusión pero con recursos mínimos.
La inclusión como fundamento: una educación que abrace
Si hay algo que aprendí como padre de un niño con TEA es que la inclusión no es un concepto pedagógico: es un acto de amor.
Es mirar a un niño y reconocer su dignidad.
Es ajustar lo que haga falta: el tiempo, la palabra, el modo, el espacio.
Es entender que no todos aprenden igual, pero que todos tienen derecho a aprender juntos.
Las reformas son necesarias. Las discusiones también. Pero ninguna transformación educativa será justa si no coloca en el centro a los estudiantes más vulnerados, aquellos que no pueden esperar, los que necesitan apoyos concretos y permanentes. Mi hijo —y miles de hijos e hijas en este país— necesita que la escuela sea un lugar donde entre y sepa que tiene un lugar. Un lugar sin condiciones, sin excepciones, sin discriminaciones. Esa es la escuela que debemos defender.
Conclusión: libertad sí , pero con igualdad real
Este proyecto de reforma abre un debate profundo y necesario. Pero la libertad educativa no puede ser excusa para que el Estado se desentienda ni para que la inclusión quede librada a la voluntad individual. Hay cuestiones, hay temas de los cuales el Estado no puede desentenderse. Nosotros sabemos que la discapacidad y las personas con discapacidad no son “culpa” del Estado ni de ningún gobierno, ni mucho menos de ningún gobernante, pero también sabemos que nuestros hijos “con discapacidad “ tampoco son “nuestra culpa” y no miramos hacia otro lado. Estamos hablando de aquellos que son “sin responsabilidades ni culpa alguna” los más vulnerables y tal cual lo establecen las normativas internacionales vigentes es función de los Estados adherentes (como lo es la Argentina), atender a estas cuestiones.
Como docente, escritor, cofundador de organizaciones y, sobre todo, como padre, creo que la Argentina necesita una reforma que respete la libertad, sí , pero construida sobre la base de la justicia educativa, la equidad, y el derecho irrenunciable de cada niño o a ser incluido. Porque la educación —la verdadera— es esa que no deja a nadie atrás.
*Martín Vera es un docente argentino de Villa Domínico, Avellaneda, provincia de Buenos Aires, reconocido por su fuerte compromiso con la educación inclusiva, especialmente para niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA). Fue maestro de cuarto grado en la Escuela Primaria N° 64 de Villa Domínico y en la Escuela N° 51 de Wilde. Actualmente es docente en una escuela primaria en Florencio Varela.
Su lucha por una educación inclusiva comenzó cuando su propio hijo recibió un diagnóstico de TEA. Vera promueve un sistema educativo que no deje a ningún niño «afuera».
Es cofundador de «Familias TEA Avellaneda», una organización que brinda apoyo y promueve la inclusión de niños con TEA en la comunidad. También fundó Educadores por la Inclusión que pertenece a la red Artículo 24, por la educación inclusiva.
Ha sido seleccionado como semifinalista en el Premio Clarín-Zurich «Docentes que Inspiran» en varias ocasiones por su trabajo. También fue elegido como uno de los cinco mejores docentes de la Argentina en la Campaña «Gracias Docentes» (edición 2023) organizada por la Fundación Varkey.
Es autor del libro «Penélope y los hilos del Telar», un ensayo en donde dialoga con distintas concepciones pedagógicas vigentes, su experiencia como padre de un niño con TEA y maestro de grado y su militancia en la defensa del derecho a la educación inclusiva de los estudiantes con discapacidad.
Contacto: https://www.instagram.com/educadores_por_la_inclusion/

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