Es profesora y decidió educar a sus hijas fuera de la escuela

Trabaja como profesora de Lengua y Literatura en tres escuelas secundarias de gestión estatal en Buenos Aires. En todos los años, en tres turnos y modalidades distintas: bachiller, técnica y comercial. Tiene una diplomatura y cursos de especialización en promoción de la lectura y la escritura. También estudió producción de cine en el INCAA como primera carrera cuando salió de su propia secundaria. «Para todos los gustos», apunta ella, Mercedes Peralta, a quien conozco de los abundantes cruces y rotondas que tiene la educación alternativa. Vive con sus dos hijas de 10 y 7 años en el barrio de Villa Urquiza, al norte de la Ciudad de Buenos Aires.

Cuando pensaba el título para esta nota, antes de hacerla (lo admito, los periodistas hacemos esas barbaridades), mi instinto indicaba: «Es profe pero educa a sus hijas sin escuela». Así, enfatizaba una contradicción o, al menos, una puja entre ambos enunciados. Viendo a youtubers de gramática castellana recordé que la palabra «pero» es una conjunción coordinante pero adversativa, es decir, se usa «cuando queremos expresar una contraposición entre dos enunciados, proposiciones u oraciones. Dicho de otro modo, ´pero´ va a oponer un concepto a otro de manera que se maticen, se confronten o se amplíen». Ahora, después de hacer y releer la entrevista, sigo dudando: ¿es contradictorio ser profe y no elegir la escuela como forma de educar a tus hijos? ¿O es precisamente porque? ¿Acaso no hay muchos ejemplos como el de ella en todo el mundo? ¿Y si mejor titulo con la «y«, que es una preposición copulativa, que no confronta nada?

En cualquier caso, yo vivo de escribir y de gramática no sé nada. Parece que de matices, confrontaciones y ampliaciones está hecha la pasta de la vida…

¿Te acordás cuándo fue la primera vez que coqueteaste con la idea de no mandar a tus hijas a la escuela?

-Sí, siempre lo tengo muy presente. Vivíamos con el padre y Guadalupe, de 2 años en ese entonces, en San Marcos Sierras, Córdoba. Ella participaba de un taller de juegos para niñes hasta 4 años porque a los 5 ingresaban a la escuela. Tallercito “Magia” se llamaba, muy en la onda de la escuela libre, con ambiente preparado y materiales para que todes pudieran explorar. Las acompañantes eran unas genias. Pero nadie hablaba de educación libre, era un “taller de juego”. Hoy con tiempo lo pienso y veo con qué naturalidad se suceden algunas cosas y cuánto se complican cuando intentamos enmarcarlas en el mundo de la burocracia institucional… en fin.
Cuando se acercaba la edad de egreso de “Magia” algo me empezaba a hacer ruido de las escuelas del pueblo; me empecé a hacer la misma pregunta reiteradas veces: “¿Esta es la escuela que quiero para ella?”. La respuesta siempre era “No”. Entonces, empecé a averiguar qué otras había por la zona, pero siempre en el formato tradicional porque no conocía otra modalidad. Me contaron sobre la Escuela Municipal de Capilla del Monte y sobre otras experiencias más amables allí mismo. Eran varias y diversas las opciones, así que pensamos en mudarnos. Pero para entonces nació Emma, y razones que no vienen al caso nos trajeron de vuelta a la ciudad de Buenos Aires.

Hijas de profe de Literatura…

-¿Qué motivos te o los llevaron a decidir educarlas fuera de la escuela?

-Lo que más me hizo ruido fue la masificación con que se intenta educar, no importa el nivel o la modalidad. Todos hacen lo mismo en el mismo momento y todos juntos cambian el chip a la misma hora. Tengo anécdotas que siempre cuento acerca de mis reflexiones previas a la toma de decisión final. Cuando llegamos a CABA con Emma recién nacida, Guadi “tenía” que entrar en un jardín (básicamente porque sí, porque así tenía que ser: a los 4 años les niñes van al jardín). Te decía que llegamos en agosto y todo el segundo semestre de ese año fue a un jardín en el barrio de Saavedra. Eran 20 niñes con una maestra (divina la seño, un amor, posta). El espacio era prácticamente del tamaño de un pasillo. Todes sentados alrededor de mesas, no había lugar para circular. La sala daba a la vereda y se escuchaba todo lo que ella decía porque básicamente todo lo decía alzando la voz para que las y los 20 niñas y niños la escuchen. Recuerdo las tantas veces que, esperando la hora de salida, escuchaba “Guadalupe quedate sentada”, y como a ella, a otras y otros más. ¡Cómo podían estar sentades las 4 horas que pasaban ahí! ¡Es de locos! Bueno, el toque final llegó una tarde cuando, yendo para tomar el colectivo, le pregunto cómo le había ido y me dice que mal porque ella quería pintar y la seño dijo que ese día iban a jugar con autitos o bloques (no recuerdo), porque no era día de pintar. Yo la ví tan angustiada que ese gesto de ella, esas palabras que -para mí- denotaban decepción, me hicieron ver que no era por ahí la mano, que tanto ella como yo la íbamos a pasar mal.

Mientras, dicho sea de paso, Guadi participa desde los 5 años de talleres de dibujo, pintura y cuanta técnica artística tenga a mano. Es difícil no asociarla con el arte. Días después y ya decidida a explorar nuevos caminos, tomé contacto con el espacio Ayni, que aún funcionaba en la casa de una de las acompañantes, y semanas después estaba siendo parte de la planificación del siguiente año con otras familias. Un camino de ida. Hoy en día participamos del Proyecto C, también en Buenos Aires. No soy tan amiga del unschooling total, cuando pienso en que mis hijas no van a la escuela lo hago en el sentido de que no van a una escuela convencional.

-¿Te sentís más segura o capaz de acompañarlas por el hecho de ser profesora?

-Já, muchas personas me dicen eso como para justificar que para mí es más fácil desescolarizar, pero ciertamente no lo es. Para nada. Yo soy profesora de Lengua y Literatura, formada para trabajar con adolescentes. Nunca sentí que corría con ventaja. De hecho, yo he aprendido mucho acompañándolas a ellas. He descubierto un mundo maravilloso en la literatura infantil y juvenil que también me animé a compartir con estudiantes de los primeros años y noto que también les resulta interesante a ellas y a ellos.

También aprendí sobre el universo de los planetas, sobre animales y plantas, sobre cocina, sobre la presencia de las matemáticas en la vida cotidiana; conocí una enorme cantidad de juegos de mente y me conecté nuevamente con el dibujo y la pintura que también supieron ser mi pasión de niña. Exploramos cual turistas la ciudad en la que estamos y cada lugar al que vamos. Para mí, lejos de ser profe de mis hijas, soy compañera de aprendizajes.

Ensayos artísticos de Guadalupe.

-Si ellas te pidieran probar la escuela, ¿qué tipo de institución elegirías?

-Elegiría una escuela en la que ellas pudieran ser escuchadas y que su palabra fuera tenida en cuenta. Las escuelas tradicionales, públicas, de gestión estatal o privada, tienen formatos rígidos y se tienen que aceptar si uno quiere pertenecer. Eso es así y también lo vivo como docente, me guste o no. Pero más allá de esas rigideces, no negociaría que no puedan tomar la voz les estudiantes y llegado el caso, las familias.

-¿Cómo ha sido tu experiencia de paso por espacios de educación alternativa, qué aprendiste, qué necesidades ves?

-Mis experiencias siempre han sido buenas. Básicamente porque aún en los peores momentos hay algo que se puede aprender. Esto no quiere decir que no vea un costado que a mí me hace ruido (a mí, ojo): yo creo que a algunos espacios de educación alternativa les falta humildad para ser solidariamente responsables. Son pocos los que se pueden decir cooperativos, asamblearios, empáticos con los intereses de las familias. Es difícil lograrlo (¡seguro que sí!), y habrá otros a los que no les interesa ser así, y está todo bien también. No obstante, muchas experiencias terminan replicando las lógicas de pequeñas empresas y se convierten en escuelas en las que la diferencia se da solo en el buen trato hacia la infancia y no se cuestionan mucho más.

Creo que, en el fondo, lo que más me choca es cuando entre adultes nos comportamos como aquello que no queremos que sean los niños y las niñas. Estamos muy pendientes de transmitirles valores para un mundo mejor pero entre nosotres nos comportamos exactamente en el camino inverso. Eso me hace ruido siempre, y particularmente en estos espacios en los que nos empeñamos en no replicar ese mundo hostil que no nos deja vivir críticamente.

Pero también rescato algo hermoso y es que en el paso por este mundo alternativo me permití repensarme como docente, como madre, como estudiante (porque me sigo formando también). Estar en contacto con una realidad que nos da lugar a cuestionarlo todo, me da tela para volar y pensar que cambiar el sistema educativo es posible y con él, la sociedad misma… Aunque sea una cruzada quijotesca, es posible.

-¿Esta forma de acompañar a tus hijas ha cambiado o mejorado tus prácticas como profesora?

-Yo me recibí de profesora cuando estaba embarazada de Emma, por lo cual, fueron paralelos los caminos de mi práctica profesional y el conocimiento de nuevas formas de enseñar y aprender ¡en la praxis! Y aclaro eso porque estamos llenos de teoría sobre lo que debería cambiar, pero en la realidad de las aulas, hay sujetos oprimidos y sujetos opresores y esa lógica parece que no se rompe con nada.

Al comienzo tenía puesto el piloto automático y daba las clases como de manual. En los inicios nomás, me pasó de tomar una evaluación que para mí era una pavada atómica y me devolvieron todos, o la gran mayoría, en blanco (hice lo mismo en cuatro cursos a la vez). Cuando llegué a casa, puse todas esas hojas sobre la mesa, las miré un rato largo, las daba vuelta, les hacía preguntas (já, me acuerdo como si fuera hoy). Yo también me hice mil preguntas y me acordé de la frase “Si todos desaprueban, el problema es del docente”, “¡eureka!”, me dije, “¡el problema soy yo!”. Nunca más tomé una prueba así. Lo más cercano a evaluaciones escritas fueron actividades grupales, a carpeta abierta, con preguntas para que conversen entre ellos y saquen conclusiones. Allí buscaba que se pudieran resolver en el momento porque quizás el grupo era más disperso, pero ciertamente nunca más consideré la posibilidad de tomar una prueba individual o para memorizar; no sirven para nada, sea la materia que sea.

Acto seguido, los fantasmas de “¿y cómo sabes si aprenden?” me hacían y me hacen repensar año a año, curso a curso, qué hacer, qué ofrecer, qué las y los convoca, cómo acercarles la lectura para que les guste y la disfruten, cómo hacer para que acepten la escritura como una herramienta de expresión y acompañar ese proceso de mejora continua. En fin, no tengo las respuestas; sólo preguntas y más preguntas. De hecho, con la pandemia y la escuela virtual (o lo que fuera qué pasó ahí), me di cuenta de que las familias y las y los estudiantes corren tras la aprobación; entonces, frente a docentes que les ofrecíamos espacios recreativos de participación colectiva, de lectura y expresión, entre varias propuestas, elegían “cumplir” con docentes que afilan el lápiz para poner notas a cambio de actividades bien resueltas. Y no los culpo, si no aprueban, no pasan… Pero de ahí a que aprendan…

Yo opto siempre por apelar a la autonomía y a la responsabilidad individual de cada estudiante. Todos somos parte de un sistema cerrado, burocrático, donde hay cosas que no quisiéramos hacer pero siempre se puede torcer el modelo. No tomo pruebas, no doy tarea, las notas del boletín las ponemos juntas y juntos y cada uno se observa a sí mismo en su proceso, tampoco permito que un estudiante repita por mi asignatura sin saber de antemano las causas que lo llevaron hasta ese lugar. Yo elijo acompañar, observar, escuchar, ofrecer. Hay quienes reconocen los resultados ese mismo año, otros al año siguiente, otros te mandan fotos en pandemia avisándote que van a aprovechar a leer ese libro que le regalaste cuando egresó; hay de todo.

Y sigo creyendo en un modelo de acompañamiento más que de imposición porque lo veo en mis hijas, ellas han desarrollado una autonomía a la hora de aprender que me vuelve loca. Saben lo que quieren y van y lo buscan, y si no saben por dónde buscar, piden ayuda. Eso mismo quiero para las y los jóvenes que hayan pasado un tiempo conmigo. Qué sepan qué quieren y que vayan por ello. ¿Mucho pedir en un sistema tan cerrado, no?

-¿Compartís tu experiencia y aprendizajes en tus ámbitos de trabajo? ¿Qué reacción causa?

-Al principio no hablaba con nadie y después con mucha cautela. Fui contando lo de mis hijas a medida que tomaba confianza con colegas. Siempre está el fantasma de la clandestinidad. Tampoco discutía nada, sólo observaba la dinámica escolar. No sé cuándo fue que me harté de escuchar cosas que ya no estaba dispuesta a dejar pasar y empecé a levantar la mano, ¡y desde ese día no paré! Hoy discuto todo lo que no me cierra, les doy vuelta la tortilla a cada planteo sarmientino que hacen. No puedo conmigo misma. Algunas y algunos colegas se suman a estos debates, a la posibilidad de cuestionarse las evaluaciones, los exámenes, las calificaciones. Empezamos a trabajar de manera colegiada, con algunas asignaturas hacemos actividades interdisciplinarias, con otras planteamos asignaturas diferentes como unidades pedagógicas, con otras soñamos proyectos más ambiciosos… y con otros no pasa nada de nada. Para mí, la cosecha que me produce más satisfacción es la de generar preguntas, desestabilizar lo dado, desnaturalizar la escuela tal cual la conocemos. Cuando se abren los debates entre colegas y nos ponemos a pensar en los cambios posibles, eso me da una enorme esperanza de que las y los jóvenes puedan transitar una escuela diferente.

Guadalupe durante un intercambio de radio con chicos y chicas de Chile, una propuesta del Proyecto C, donde participa junto con su hermana.

Dolores Bulit

Nací en la Ciudad de Buenos Aires en 1972. Mi educación formal ocurrió en el jardín Casa de los Niños fundado por Elena Frondizi, la Escuela Normal Nacional en Lenguas Vivas “John F. Kennedy” y la Carrera de Comunicación Social de la Universidad de Buenos Aires. Mi educación no formal se amasó en una familia numerosa, presente, matriarcal en medio del patriarcado, de clase media profesional. Sin presiones curriculares o extracurriculares, con mucho tiempo y enorme oportunidad para el juego libre en la ciudad y en el campo. También me eduqué en mis empleos y en mis viajes, en mi pareja y con mi maternidad, con todas las personas que pasan por mi vida y a través de mi experiencia más reciente y transformadora con la gestación de Tierra Fértil, un espacio de aprendizaje basado en el juego y la autogestión con 8 años de historia.

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1 Respuesta

  1. Pablo dice:

    Siempre estuvo (y estará) bueno estar cerca de Mecha