Estamos de paseo por un pueblo rural con quinientos habitantes en la provincia de Buenos Aires. Hay una farmacia, dos panaderías, una iglesia, dos bares, dos almacenes, escuela primaria, secundaria y jardín de infantes. El mozo y dueño que nos alcanza la cerveza cuenta que la escuela estuvo cerrada todo el año pasado. Mire para donde mire, mi visión periférica solo ve color verde o ese típico marrón de las gramíneas pampeanas. Una plaza enorme, la explanada de la estación de tren y, más atrás, cientos de hectáreas. La ventilación es el único antídoto que tenemos contra el virus, pero la educación escolar parece detestar el aire fresco como si fuera criptonita.
Una vuelta por mi barrio del conurbano me demuestra que el fenómeno se repite. Hay escuelas literalmente implantadas dentro de un bosque o cercanas a parques, pero todos están adentro. Los patios y jardines se usan para deportes y actividades no académicas. Que nadie diga que Foucault ha pasado de moda. «¿No se pueden poner en marcha aulas naturaleza, escuela bosque o escuelas de barrio basadas en los parques cercanos? ¿Aulas exteriores que exploren los entornos cercanos tanto naturales, sociales o arquitectónicos donde la ventilación está asegurada? ¿No podemos plantear las escuelas en espacios exteriores donde se conecta con el entorno, con lo exterior, y así potenciar el sistema inmunológico, no inmunodeprimir con esa tensa vigilancia sanitaria propuesta y con esas pautas de distancia social que van a entorpecer las sinapsis básicas que necesitan los niñas y niños para desarrollar sus neuronas espejo y tal?», escupe en catarata desesperada Luisa Fuentes Guaza en esta nota de El Salto Diario.
Es posible que en las grandes ciudades haya escasos afueras, y en ese caso, es una carencia de larga data que urge compensar. Pero no es cierto en la mayoría de las ciudades y pueblos de Argentina, un país que si hay algo que tiene es espacio. Sigo buscando respuestas para este comportamiento humano generalizado y contra-intuitivo, así que, entre otras cosas, navego por el grupo de Facebook «Educación en la naturaleza». O añoro la historia del Open Air School Movement en la Europa de los años ´30, «que no sobrevivió porque los niños ya no vivían en casas insalubres y el clima educativo había cambiado. Las clases al aire libre fueron consideradas demasiado distractivas e incontrolables, a pesar del renovado énfasis en los cuerpos sanos y el fitness. Hoy hasta las ventanas más pequeñas son consideradas motivos de distracción», se lamenta esta nota de Treehugger. Por último, me sumerjo en el documental alemán «Crecer en la naturaleza: niños del bosque» que proyecta la Fundación Cifrep, promotora de la educación al aire libre y la ciudadanía de la niñez en Chile. Te invito a abrir tus ventanas, tu cabeza y ¡acción!
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