Por Cristina Vitale*
Luego de mi primera columna “Aislados en las Escuelas”, surgió una duda: si es una utopía acercar modalidades pedagógicas de diferentes características al aula tradicional. Desde mi punto de vista, uno de los pocos elementos que realmente tensiona esta perspectiva utópica es la cantidad de niños y niñas acumulados en un aula con un solo referente adulto.
He escuchado a docentes decir que las técnicas de la pedagogía P.I.L.D (Programa de investigación el León Dormido, fusión de los métodos Pesta y Montessori, con la adaptación a Latinoamérica que realizaron Mauricio y Rebeca Wild) representan un horizonte deseable y posible.
Sin embargo, cuando ese deseo de cambiar la modalidad del aula o las formas de enseñanza se enfrenta a la realidad de múltiples individualidades atravesadas por emociones diversas, el intento de abordarlas desde una sola figura adulta se vuelve casi imposible.
A esto se suma la constante exigencia de sostener muchos temas, bajo un orden específico de una currícula que no siempre responde a un ritmo natural. Y esto se convierte en una presión que desdibuja el sentido profundo de educar.
Pero consideremos que un grupo no es un “amuchamiento” dentro de un aula: es una forma interrelacional consciente. Retomo lo que planteé en la primera columna: en Córdoba existe una posibilidad maravillosa, casi única, de articular la diversidad de universidades y carreras con los espacios educativos de la infancia.
Esa transversalidad entre saberes y edades podría transformar radicalmente la experiencia escolar si se la pensara como una estrategia de encuentro. Un docente podría ser acompañado por personas capacitadas por nuestras universidades, que estén en los años finales de las carreras y necesiten prácticas concretas.
Lo esencial es romper con la idea de que el aula es un espacio masivo donde todos deben prestar atención a lo mismo, porque esa es la gran estructura dominante. Pero un aula puede ser otra cosa: un territorio de pequeños grupos investigando temas diversos, que luego se conectan en la Asamblea.
Sí, entiendo que en las escuelas del Estado, con la cantidad de niños por aula, esto parece complejo. Pero no lo sería si sumáramos a esos adultos idóneos, educados por las universidades, para que acompañen, miren con atención, subjetiven las niñeces en lugar de estandarizarlas.

LA VERDAD ES QUE…
No sé cómo se desarma una estructura rígida para convertirla en un entorno donde las paredes sean estanterías vivas, llenas de materiales que los niños puedan tocar, oler, explorar libremente.
No sé cómo se pasa de paredes cubiertas de papeles pegados con consignas estáticas, con cartulinas hechas por adultos, para convertirlas en ofertas concretas y reales de investigación y participación de las propias infancias.
No sé si un maestro tendrá la libertad de transformar su aula en cuanto a la estructuración del espacio, como eran las aulas del preescolar, donde tienen rincones: la casita, la zona de descanso, estanterías a mano, almohadones, canastos para buscar cosas.
A ver, creo que una de las claves está justamente en este último punto: en transformar esas geografías áulicas desde una mirada que habilite, que confíe, que escuche. Pero para eso necesitamos poder dialogar con quienes piensan la educación y toman decisiones desde más arriba, desde la política pública.
Y parte de esa transformación es cambiar el centro del aula, que sigue siendo el pizarrón, el pupitre principal del docente delante de todas las miradas. Mientras que en un entorno preparado, donde se le brinda confianza al niño, este puede decir “¿A dónde voy hoy? ¿Qué quiero proponer?” y empezar a marcar un rumbo de su propio aprendizaje.
Y ahí aparece la verdadera coordinación: no comandar, sino acompañar. Porque la consecuencia de comandar es que después sufrimos la libertad. ¿O acaso no nos sucede, incluso a los adultos, que sin una consigna clara, sin un marco que habilite, la libertad de investigar, aprender y comprender se vuelve agobiante?
Y entonces buscamos a alguien que dirija, que ordene, que nos diga qué hacer. Creo que la autonomía (esa palabra tan ajena en muchas aulas), es el corazón de una educación que respeta, que habilita, que transforma.
FORTALECER LOS PILARES
En estos días de crisis, nos encontramos con dos extremos reflejados en: escuelas que logran abarcar la currícula completa, mientras otras se ven obligadas a abandonarla para dedicarse a contener las problemáticas emocionales de sus estudiantes, afectados por la realidad que enfrentan sus familias, lo que supera cualquier planificación académica.
Y aunque parecen extremos opuestos, en realidad revelan una misma necesidad: todo niño y niña necesita acceder a la currícula, pero también necesita que esa currícula se adapte a sus necesidades intelectuales, emocionales y sistémicas. No se trata de elegir entre enseñar o cuidar, sino de integrar ambas dimensiones.
Ahí es donde la pedagogía PILD ofrece una posibilidad concreta, desde sus cuatro pilares que permiten entrelazar extremos y construir una propuesta educativa que no renuncie ni a la formación académica ni al acompañamiento emocional.
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«Aula abierta» es una columna radial que sale los terceros lunes de mes. El Seminario Pedagógico de Wunjo se publica los terceros domingos de mes en la web: https://institutowunjo.wordpress.com/block-de-notas/
*Cristina Vitale es Coordinadora General de Wunjo – Docente, Teatrera y Terapeuta

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