Montessori, la primera Kondo

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Texto: Dolores Bulit

Todos revolucionados con el método para ordenar tu casa -y así toda tu vida-, de la japonesa Marie Kondo. Pero es justo recordar que hubo otra María que nos propuso lo mismo hace cien años. La primera médica mujer italiana María Montessori nos mostró que mantener cierto orden y austeridad ayuda al aprendizaje, la convivencia y los vínculos.

Lo hizo pensando en los niños y dio vuelta la escuela tradicional, pero cualquier casa podría ordenarse según su particular mirada de la vida, más aún si en ese hogar habitan niños. Ordenar y educar a la vez es un combo ganador.

Mientras que el leimotiv de Marie Kondo es tokimeku (“Spark the joy”, como lo dice en inglés; algo así como conservar lo que te hace feliz), el de María Montessori era “sigue al niño”. Es decir, no priorices tus intereses y necesidades como adulto para educarlo, sino los de él o ella. De ahí que el orden en el espacio se establece por lo que ella llama etapas sensibles y por áreas del conocimiento, y los niños y niñas van usándolos cuando lo deciden. Todas las áreas de la vida se traducen en materiales concretos y secuenciados que están al alcance y se pueden manipular y repetir cuantas veces se quiera.

Más allá de las épocas, el orden y la austeridad no son un capricho ni una moda. A mí, que me interesa especialmente la liberación del tiempo de las mujeres, me resulta evidentemente útil. Cuando las personas que conviven en un mismo espacio saben exactamente dónde están las cosas, todos podemos ser más autónomos. A las mujeres y, en general a cualquiera que se haga cargo de los cuidados y trabajos domésticos, nos descarga el famoso espacio mental.

Además, la filosofía Montessori aplicada a tu vida (y no me refiero a seguir ciegamente un método) fomenta el consumo responsable y comunitario. Hay de una sola cosa para varios, así que las usamos y cuidamos entre todos. Aplicada sin obsesiones, es profundamente libertaria. Y no necesitás comprar materiales especiales ni mandar a tu hijo a una escuela así para adoptarla.

Yo aprendí qué significa con Malala Erhart, compañera fundadora de nuestro proyecto autogestivo de familias Tierra Fértil, allá por 2012. El orden me gustaba desde siempre, pero no sabía explicar por qué (salvo para los que creen en los astros, que dicen que soy Libra), así que Montessori me cuadró muy bien.

En la foto otra María (Laura) acompaña a N. usando el alfabeto móvil Montessori en el ambiente preparado del espacio educativo Tierra Fértil.

En la crianza, el gran aporte de Montessori, junto con la teoría del apego y la educación libre o democrática, es que enseña por sí misma un equilibrio sano entre libertad y límites. Y adoptada desde el principio permite que los niños y niñas lo incorporen sin esfuerzo.

Marie propone que examinemos cada cosa que tenemos y que nos quedemos sólo con lo que nos hace felices, ordenándolas por categorías: ropa, papeles y libros, komono (todo lo demás) y objetos con valor sentimental.

Me pregunto qué harían las dos Marías conduciendo la nueva serie de Netflix que despertó furor…

Dolores Bulit

Nací en la Ciudad de Buenos Aires en 1972. Mi educación formal ocurrió en el jardín Casa de los Niños fundado por Elena Frondizi, la Escuela Normal Nacional en Lenguas Vivas “John F. Kennedy” y la Carrera de Comunicación Social de la Universidad de Buenos Aires. Mi educación no formal se amasó en una familia numerosa, presente, matriarcal en medio del patriarcado, de clase media profesional. Sin presiones curriculares o extracurriculares, con mucho tiempo y enorme oportunidad para el juego libre en la ciudad y en el campo. También me eduqué en mis empleos y en mis viajes, en mi pareja y con mi maternidad, con todas las personas que pasan por mi vida y a través de mi experiencia más reciente y transformadora con la gestación de Tierra Fértil, un espacio de aprendizaje basado en el juego y la autogestión con 8 años de historia.

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