Cuando la playa y el bosque enseñan

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Si con los ojos cerrados alguien te pide que pienses en una escuela, tu imagen mental seguramente será un aula o un edificio. Es que desde su nacimiento es un dispositivo social imaginado en el encierro, donde casi todo sucede entre cuatro paredes.

Este fue el primer tabú que enfrentaron las nueve familias que formaron “Ronda al sol” este año, un espacio de educación no formal inspirado en las escuelas bosque de todo el mundo. Camila Larrea e Idina Coria Steel acompañan al grupo de niños y niñas de entre 2 y 8 años (aunque está abierto hasta los 12) que recorre diariamente los bosques y playas de Monte Hermoso en la costa atlántica argentina. “El entorno natural en el que vivimos tiene esto, y como padres queremos que ellos continúen en la naturaleza, acorde a nuestro estilo de vida”, explican. “Antes de que nos juntáramos esto ya era así, y al conocer sobre la pedagogía verde, las escuelas bosque y playa de otros lugares del mundo y sobre la educación en la naturaleza, no dudamos en que éste sería el curso que le daríamos al proyecto”.

La Pedagogía Verde que propone Heike Freire fue una gran inspiración para ellos. También, la experiencia de otros colectivos en otras partes del mundo, como el Grupo Saltamontes en España. Se trata de prescindir de edificaciones y materiales estructurados para vivir el paisaje como aula. Ellos enumeran una serie de beneficios físicos, psíquicos y actitudinales del contacto estrecho con la naturaleza en la infancia:

  • potencia la iniciativa y la autonomía de los niños;
  • estimula su imaginación y su creatividad;
  • mejora la concentración;
  • aumenta la cooperación y la solidaridad;
  • reduce los conflictos (especialmente si no hay juguetes prediseñados, sino que se emplean materiales naturales);
  • los niños adquieren mayor confianza en sí mismos al aprender a manejar situaciones de riesgo;
  • mejora su psicomotricidad;
  • a la par, se favorece su desarrollo cognitivo;
  • aumenta su resistencia a enfermedades al fortalecerse el sistema inmune;
  • se desarrolla un sentimiento duradero de conexión con naturaleza;
  • se reducen la obesidad y las enfermedades respiratorias;
  • se previene el “síndrome por déficit de naturaleza
  • y los niños descubren algo cada vez más escaso: la sensación de libertad.

Yo me había sorprendido leyendo sobre las escuelas bosque escandinavas o alemanas, funcionando aún en esos fríos del norte de Europa. Pero la primera vez que vi algo así en Argentina fue en el verano de 2015, en Mar Azul. Un grupo organizado de familias salía todos los días con sus hijos a corretear por los médanos, el bosque y la playa.

El grupo de “Ronda al sol” sale todo el año, sin importar el clima, con excepción de las lluvias torrenciales. Idina y Camila cuentan que sus puntos de partida habituales son el Parador del Balneario Sauce Grande, que queda a 7 km de Monte Hermoso, y el Vivero Las Calandrias, que funciona en el pinar. “Los niños ya se apropiaron de ciertos espacios: tienen unas “casitas” tipo chozas armadas, hay una fuente y un laberinto de árboles y en los médanos un lugar que le llaman la “casa embrujada”. Lo que no quita que cada tanto sientan el impulso de trasladarse hacia lugares desconocidos. Creemos que esto es algo magnífico, porque aún yendo a los mismos lugares, siempre pero siempre la naturaleza te ofrece cosas por descubrir, además de visualizar los cambios que ocurren con el cambio de las estaciones”, describen.

Cuando les pregunto si notaban ciertas actitudes o cambios interesantes tras esta rutina intensiva de aire libre, me cuentan que los adultos fueron modificando su manera de observar y acompañar. “En un principio no nos dábamos cuenta que a veces limitábamos su experiencia, y por miedos o por diferentes cuestiones no los dejábamos probar, por ejemplo, subir a algunos lugares altos. Después fuimos viendo que eran oportunidades de aprendizaje. Una vez, después de haber estado un rato conversando sobre los vientos y los puntos cardinales en la playa, los más grandes se pusieron a jugar al costado del parador. En determinado momento, cuando uno de nosotros se acercó para decir algunas cosas más, una de las niñas le preguntó por qué estaba ahí. Esta anécdota nos mostró muchísimo la necesidad de ellos de alejarse por momentos del adulto. Que tiene que estar, pero también tiene qué aprender cuándo intervenir y cuándo no hace falta”.

Además de su aprendizaje práctico y vivencial, los adultos decidieron formarse en paralelo con algunas fuentes como referencia. Así, llegaron a libros como “Libres para aprender” de Peter Gray, “Juegos inocentes, juegos terribles” de Graciela Scheines y “Summerhill” de Alexander S. Neill, entre otros”.

Los beneficios para las chicas y chicos también estaban a la vista. “Vimos muchos avances en su autorregulación,  por ejemplo, en su capacidad de ponerse de acuerdo y resolver situaciones de conflicto. A los que tienen  personalidad más introvertida los vimos abrirse y expresarse mucho más. A su vez, los más explosivos han sabido autorregularse. También vimos como las niñas más pequeñas, de 2 años, dejaron sus pañales haciendo sus necesidades al aire libre, solas y sin problemas. En ellas y en los más grandes también vimos avances en el habla, en la argumentación y expresión de los deseos individuales y grupales. Su motricidad también se afinó, gracias a la libertad de movimiento y a la experimentación en diferentes terrenos. Un día, haciendo el camino de regreso desde la zona de la “casa embrujada”, se encontraron con un médano gigante y empinado. Para poder subir todos, incluso los más pequeños, fueron haciendo una cadena humana en donde los que iban llegando arriba se sumaban para seguir tironeando al resto”.

“Ronda al sol”, como casi todas las llamadas escuela-bosque, promueven el juego libre no dirigido. “De entrada nos maravillamos con lo que la naturaleza propicia en cuanto a la libertad de espacio y de movimientos. Da cabida a la creatividad para hacer. Si bien los puntos de partida son siempre los mismos, día a día y en ronda deciden qué hacer y hacia dónde ir, a qué jugar y con qué. Un día las casitas son casitas, otro día son castillos y la cárcel, y así van apropiándose con su imaginación de todo lo que encuentran a su paso”, relatan la guía y madre acompañante de este proyecto pionero.

Les pregunto si alguna vez sintieron la tentación de proveerse de un espacio físico cerrado o materiales para usar o trasladar, y parece que hasta ahora no lo han necesitado. “En Sauce Grande usamos el parador como punto de encuentro y como refugio. Y en el pinar tuvimos intención de construir un espacio, pero luego cambiamos de opinión, al menos por el momento. Tuvimos una semana puntual de lluvia y frío en la cual hicimos uso de un parador en la playa que nos prestaron en el centro. Y la verdad es que lo tomamos como un aprendizaje de que en la vida no siempre hay sol, desarrollamos la resiliencia. Sí es importantísimo estar equipados en cuanto a vestimenta para el frío, la humedad, el agua: camperas, impermeables, guantes, botas de goma. Y llevamos siempre en las mochilas té caliente para compartir, al menos en estos meses fríos, y frutas para comer a lo largo de la mañana”.

Argentina tiene todas las condiciones para que las escuelas bosque germinen en todas partes. Tenemos naturaleza de todos los colores, climas benignos y, lo más importante, un arco creciente de familias que desean al menos postergar la escolarización de sus hijos y criar en un entorno más amable que el urbano. Escuelas Bosque Argentina es una iniciativa colectiva para impulsar esta alternativa educativa en el país. En su web pueden leer un excelente resumen de la historia de estas iniciativas en el mundo y sumarse a la red para tomar coraje.

Si el tema les quedó picando, no dejen de conocer también estas propuestas que privilegian el aprendizaje afuera:  El Ombú (San Nicolás, prov. de Buenos Aires) y Pampa Traviesa (Villa Lía, San Antonio de Areco, prov. de Buenos Aires). También pueden seguirle los pasos a Laura Isod, una madre que eligió “explorar los límites de los múltiples encierros” junto con sus hijos y otras familias, desde el barrio porteño de Chacarita primero y ahora en Posta Lumamba, en la provincia de Córdoba.

Sin necesidad de retirarse a ambientes rurales o semirurales, también hay familias que eligen pasar mucho tiempo en plazas, parques y reservas urbanas, o viajar seguido, como la de de Arturo y Romina de Aprendizaje Natural – Red Niños y Naturaleza. El parque de la Facultad de Agronomía y la eco aldea Velatropa en Ciudad Universitaria son también dos lugares emblemáticos que convocan a familias que están en esta búsqueda.

Imágenes: Ronda al sol

Dolores Bulit

Nací en la Ciudad de Buenos Aires en 1972. Mi educación formal ocurrió en el jardín Casa de los Niños fundado por Elena Frondizi, la Escuela Normal Nacional en Lenguas Vivas “John F. Kennedy” y la Carrera de Comunicación Social de la Universidad de Buenos Aires. Mi educación no formal se amasó en una familia numerosa, presente, matriarcal en medio del patriarcado, de clase media profesional. Sin presiones curriculares o extracurriculares, con mucho tiempo y enorme oportunidad para el juego libre en la ciudad y en el campo. También me eduqué en mis empleos y en mis viajes, en mi pareja y con mi maternidad, con todas las personas que pasan por mi vida y a través de mi experiencia más reciente y transformadora con la gestación de Tierra Fértil, un espacio de aprendizaje basado en el juego y la autogestión con 8 años de historia.

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1 Respuesta

  1. MARIA PIA dice:

    POR MUCHAS MAS FAMILIAS QUE SE ANIMEN !!!!!! que lindo saber de estas experiencias !!!

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