13 razones para desescolarizar. #2 Un combo de intuición e información

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Mi hijo no fue a la escuela pero si fue al jardín. Al maternal lo llevé antes de cumplir sus dos. Los dos trabajábamos desde casa, pero bien pronto me di cuenta de que la única dispuesta a cuidarlo era yo. Esos fueron los años más difíciles, cuando me cayó la ficha de que los cuidados iban a recaer íntegros en mí. Todo el romance del embarazo se fue al tacho y me sumergí en un estado de reclamo que no nos hacía bien a nadie. Mi fibra feminista se empezaba a hinchar: el famoso trabajo de reproducción estaba ahí para mostrarme bien clarito mi propio techo de cristal.

Y no es que tuviera aspiraciones de hacer carrera, en absoluto. Yo había elegido ser madre con muchas ganas y quería ocuparme de la crianza. Pero como hasta ese momento compartíamos muchas de las tareas, supuse que las cosas seguirían igual. Tenía la ilusión de mantener el trabajo liviano que tenía, no tanto porque me gustara, sino por eso de ¨no perder el tren¨. Y porque soy periodista y disfruto siéndolo. Sumemos la casa en obra por varios años y la familia lejos.

La búsqueda del jardín maternal la hice sola. Más tarde, cuando junto con otras familias fundamos Tierra Fértil, me di cuenta de que la amplia mayoría de las personas que venían a averiguar por nuestro espacio educativo eran mujeres. Y si venía un hombre era porque la iniciativa había sido de la madre y ellos iban a ver qué onda.

Esta introducción no es tanto un reproche hacia el papá de mi hijo, al que adoro a pesar de pertenecer todavía él al patriarcado que nos crió. Sirve -me sirve al menos a mí-, para explicar por qué no lo mandé a la escuela y sí al jardín, en una etapa que pienso que hay que proteger incluso más.

¿Proteger de qué? Si todos fuimos a la escuela o al jardín y no nos pasó nada malo. Claro, pero las cosas siempre pueden ser de otra manera. La salud mental es una de las mayores causas actuales de discapacidad, y sus raíces llegan hasta la infancia.

Cuando mi hijo empezó el maternal, yo tenía claro que iba porque yo necesitaba dedicarle al menos tres horas por día a escribir y compartir con alguien la enorme soledad de la crianza. No porque él necesitara socializar o aprender algo que no pudiera en casa. La misma intuición que me ayudaba a criarlo me empezaba a mostrar lo innecesario de la escolarización temprana. Usar uniforme, tener que despertarse para cumplir un horario, llevar consignas en un cuaderno a casa, hacer actos teatrales a fin de año o celebrar algunas efemérides típicas de nuestra cultura.

Tampoco estaba en sintonía con la vida que íbamos construyendo durante los últimos siete años de convivencia. Desde que nos conocimos nos une el deseo de ser libres de dedicarle nuestro tiempo y ganas a los proyectos que para nosotros valen la pena. ¿Y acaso ese hijo no era uno de esos proyectos fascinantes de nuestra vida juntos? ¿Ibamos a tercerizarlo sin más en sus primeros años? Algo me hacía cada vez más ruido.

Igual, seguí buscando jardín de infantes para sus 3 años. Conocí el estatal del barrio, a dos cuadras, y me pareció la opción más razonable. Era laico, de medio turno y quedaba cerca. Ahí empezó bien hasta que un tiempo más tarde hubo días en que no quería ir. La directora con la que me había entrevistado se jubiló al rato y la maestra que había conocido pidió licencia. Yo colaboraba en las tareas de la comunidad (mantenimiento, pagar la cooperadora, más tarde participar en una obra de teatro). Y de entrar al jardín podía ver las rutinas de las tres salas del turno, como engranajes.

En ese punto, además de la intuición, entró en escena la información. Así como encaro un tema para escribir, arranqué el trabajo de investigación más largo de mi vida.  Leí en Internet acerca de la historia de la escuela y las corrientes pedagógicas a lo largo del tiempo y en distintos países. Visité las escuelas ¨alternativas¨ de mi zona (Waldorf, Reggio Emilia, las primeras Montessori). Desde 2010 organicé el ciclo “Otras miradas sobre la infancia y el aprendizaje”, que inauguró con la proyección del trailer de ¨La educación prohibida¨y siguió con distintos referentes. Y en 2011 conocí a Viriginia Blaistein, que había viajado a Ecuador a conocer de primera mano la experiencia de ¨El Pesta¨, la escuela activa que Rebeca y Mauricio Wild habían creado para sus hijos y que había contagiado a decenas de proyectos similares en el mundo. Con ella hice un curso de 9 meses donde revisamos esa iniciativa y otras lecturas que ofrecían una mirada completamente distinta a la escuela tradicional. A Lula, Carla, Agustina y Ezequiel los conocí ahí: la idea de un espacio colectivo, que pudiera darles todo lo bueno de la convivencia en un entorno que respetara su forma única, fugaz e irrepetible de pensar y ser como niños, empezó a tomar forma.

A esta altura Vito había terminado su sala de 3 y yo había decidido no mandarlo al jardín el año siguiente. Fue nuestro primer año de vida 100% desescolarizada. Que pasamos en la plaza de la vuelta, tejiendo las primeras redes para darle forma a un proyecto en la zona y conviviendo con mi hijo en todas las actividades de la casa. No era el camino más fácil, pero sí el único que yo veía posible y verdadero para nosotros.

En paralelo, revisaba mi propia educación y crianza y sacaba conclusiones acerca de lo que me gustaría hacer diferente. Y, en muchos casos, lo que deseaba hacer igual (de eso voy a contarles en otro post). La parte más importante fue la observación de mi propio hijo y de otros que tenía alrededor. La biología del aprendizaje empezó a interesarme muchísimo, y noté que estaba muy olvidada en la educación formal, que privilegiaba los métodos y la psicopedagogía. El auge de las neurociencias se disparaba, pero el problema era el de siempre: ¿íbamos a seguir usando el avance del conocimiento sobre la infancia para someterla a los resultados que los adultos esperamos?

En conclusión, hubo una marea de evidencias que me llevaron a tomar esta decisión de no someterlo a una educación escolar que todavía es adultocéntrica. Es una opción válida en muchas partes del mundo, prohibida en un par de países y no regulada en muchos otros, como el nuestro. También me llamó poderosamente la atención la curiosidad de padres, madres y docentes acerca de otras opciones, sumado al auge de las notas periodísticas sobre la necesidad de un cambio y a la estadística de casos cercanos y familias con niños diagnosticados o con asistencia psicopedagógica.

Claro que no soy la primera, pero empecé a pensar que la escuela es el mayor experimento social conductista de la historia. Que bajo su pretensión de igualdad, normatiza y deja la equidad bien afuera. Que es difícil de cambiar porque ha generado alrededor una industria de la que viven muchos. Y porque, hasta ahora, ha demostrado ser el único dispositivo social dispuesto a compartir los cuidados infantiles en nuestras sociedades enfocadas en la producción. Con lo cual, es una de las mayores aliadas de las mujeres, que al menos en mi país, seguimos siendo las cuidadoras principales.

Lo dejo acá porque sobre las características de la escuela actual que no me gustan voy a hablar en detalle en otro post. ¡Buen fin de semana!

 

 

Dolores Bulit

Nací en la Ciudad de Buenos Aires en 1972. Mi educación formal ocurrió en el jardín Casa de los Niños fundado por Elena Frondizi, la Escuela Normal Nacional en Lenguas Vivas “John F. Kennedy” y la Carrera de Comunicación Social de la Universidad de Buenos Aires. Mi educación no formal se amasó en una familia numerosa, presente, matriarcal en medio del patriarcado, de clase media profesional. Sin presiones curriculares o extracurriculares, con mucho tiempo y enorme oportunidad para el juego libre en la ciudad y en el campo. También me eduqué en mis empleos y en mis viajes, en mi pareja y con mi maternidad, con todas las personas que pasan por mi vida y a través de mi experiencia más reciente y transformadora con la gestación de Tierra Fértil, un espacio de aprendizaje basado en el juego y la autogestión con 8 años de historia.

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